Las interioridades de un poeta son de esos enigmas que jamás lograremos desentrañar. Sus tormentos, sus arrebatos, sus momentos de fuga, por más que se intente, no pueden ser comprendidos o razonados ni siquiera por la mente más elevada al entendimiento de las cosas secretas. Pero lo mejor de un poeta no es lo que calla, sino lo que dice, lo que vemos como resultado de sus inquietudes inherentes a la sensibilidad artística.
Como parte de lo que recibimos de un poeta, más allá del verso, de la rima y de la nostalgia, están esas otras exterioridades —desprendidas directamente de las interioridades— que por lo general no alcanzamos a comprender en su máximo nivel, pero que nos resultan como excentricidades que exaltan la nobleza del hombre en cuanto a la convivencia con su entorno se refiere.
Y es de esas excentricidades, que no pretendemos entender ni explicar, de donde nace Clima de Eternidad, un Parque Poético que rinde honor a la lírica del verso, a la poesía, y, por qué no, al poeta mismo; y que alude a un título del poeta dominicano y uno de los fundadores del movimiento La Poesía Sorprendida, Franklin Mieses Burgos. Su iniciadora y propulsora, la poeta dominicana Taty Hernández, ha bautizado estos monumentos naturales al quinto arte como “Parques, bosques y corredores de la poesía”. (Seguir leyendo en LIBRUSA).